22
Feb
10

Mª del Pino Marrero Berbel … poeta y mucho más

Antigua compañera de profesión con la que compartí colegio (Tegueste) y a la que había perdido el rastro desde su cambio de residencia desde La Laguna a Las Palmas de Gran Canaria.

Empezaremos con algunos de sus poemas dedicados a Grecia:

LA GRECIA QUE HAY EN MÍ
Accésit Premio de Poesía “Tomas Morales”.
(Excmo. Cabildo Insular de Las Palmas 1999)

NO me bastaron
1.013 naves, 43 caudillos y 30 reinos
para volver a encontrarte.

Tú estabas muy lejos
y mi corazón demasiado destrozado.

La próxima vez
no pasaré las distancias por mi espada,
ni miraré más líneas en tus mapas dorados,
ni esperaré la luna para besarte en ella.

Así fallé a mis dioses una sola vez.

Hoy, tranquila en mi lugar,
sumisa ante mis propias sentencias,
estiro la cabeza bajo la piedra
que anule la memoria del dolor.

En medio del banquete
las diosas deseaban la manzana de oro:
“para las mas bella”
-rezaba la inscripción-.

Eris, diosa de la discordia,
observaba serena,
apoyada en la columna más oscura.

¡Ah, la manzana de oro!
¡Por qué la fiáis tan alto
que casi toca el cielo!

¿No te das cuenta?

De nada valen las manos para alcanzarla
si aquélla, la elegida,
es una diosa ciega.

No quiero tu Eubea
por más que sea la inmensa Eubea,
la mayor, la más grande.

Esto susurraba en Delos
mientras en tus bellos brazos dormitaba.

Fiel a mi corazón
consagré a Apolo tu nombre y mi vida,
también mi memoria y tu abandono.

Los dones de los dioses no siempre son lo que aparentan.

De nada sirvieron las instrucciones del poeta Orfeo,
me emborraché y me dejé conducir por los sátiros
y sus estúpidos festejos.

Más tarde creí cumplido mi último deseo
y así, todo cuanto toqué, se hizo de oro.
Tengo cansados los ojos y muy frías las manos.

¿Dónde está el río?
¿Dónde bañar en sus aguas mi codicia?

En ocasiones uno puede liberarse de los deseos
Mas no de la necedad.

Voy a cavar un agujero en los suelos y a taparlo
con la tierra de Grecia
para guardar el secreto de tu angustia.

Luego, como siempre, crece la hierba y esparce a los aires
los misteriosos tesoros del dolor.

Así todo el mundo lo supo.

Elegí mal al cómplice de mis penas,
guardián de mis fantasmas
y sepulturero de mis lágimas.

Ambos veremos el fin de nuestros días
como sucede a los dioses mortales.

Yo he de morir de vergüenza,
tú de traición.

Tengo raíces de todos los dioses y de ellos soy un eslabón futuro.

Confusiones a propósito y otras inconscientes construimos juntos,
sus invenciones y mis equívocos nacen del mismo árbol,
sus historias y las mías son solamente sueños y lejanos mitos.

Por fortuna la naturaleza crea cárceles con puertas de salida
y cadenas que romper cada mañana.

Durante muchos siglos he ido a la deriva, errante,
destrozada en mis torturas y tormentos.
Sin embargo, a pesar del equipaje oscuro
el horizonte aguarda amaneceres que presiento.

Hoy diviso las costas de mi misma.

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