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Nov
09

EL CASTIGO DEL ATLANTE (II)

agosto 20 005

Ante nosotros se alza la figura
de titán prodigioso;
un inaudito esfuerzo doloroso
contrae su irreal musculatura;
sobre la roca dura
afirma las rodillas el coloso,
cuyo tórax jadea
agitando una barba de Caronte,
y sus brazos inmensos, extendidos,
entre brumas perdidos,
parecen abarcar el horizonte.
«¡Atrás, atrás!… ¡Retroceded al punto!
—nos dice con acento entrecortado—.
¡El ansia de indagar es tan punible,
que por ella me veo,
aunque hijo soy del formidable Zeo,
condenado a sufrir tormento horrible!»
—«¿Y cuál es tu suplicio? ¿Cuál tu nombre?»,
—con terror preguntamos al gigante—,
y él responde orgulloso: «Soy Atlante,
el amigo del hombre.
Tengo la inteligencia soberana
que de la frente de mi padre mana;
conozco los abismos
de la tierra y del mar: yo sé el lenguaje
oculto de su bárbaro oleaje;
soy augur de feroces cataclismos
que ni aun sospecháis… Pero mi anhelo
no se sacia jamás, y quise un día
con vehemente, sacrilega porfía,
rasgar sagrado velo,
y leer jeroglíficos de estrellas
para robarle, audaz, su enigma al cielo…
iNadie siga mis huellas!
iQue en la más alta ciencia nadie ahonde!
—Y después de un sollozo. Atlante grita—:
Quise indagar y mi castigo es éste:
¡sobre mi espalda sin cesar gravita
el peso de la bóveda celeste!
¡Cual Prometeo sufro mi castigo,
y de los dioses y de mí maldigo!»

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